4 de junio de 2010

Los Bomberos

Olegario no sólo fue un as del presentimiento, sino que además siempre estuvo muy orgulloso de su poder. A veces se quedaba absorto por un instante, y luego decía: "Mañana va a llover". Y llovía. Otras veces se rascaba la nuca y anunciaba: "El martes saldrá el 57 a la cabeza". Y el martes salía el 57 a la cabeza. Entre sus amigos gozaba de una admiración sin límites.

Algunos de ellos recuerdan el más famoso de sus aciertos. Caminaban con él frente a la Universidad, cuando de pronto el aire matutino fue atravesado por el sonido y la furia de los bomberos. Olegario sonrió de modo casi imperceptible, y dijo: "Es posible que mi casa se esté quemando".

Llamaron un taxi y encargaron al chofer que siguiera de cerca a los bomberos. Éstos tomaron por Rivera, y Olegario dijo: "Es casi seguro que mi casa se esté quemando". Los amigos guardaron un respetuoso y afable silencio; tanto lo admiraban.

Los bomberos siguieron por Pereyra y la nerviosidad llegó a su colmo. Cuando doblaron por la calle en que vivía Olegario, los amigos se pusieron tiesos de expectativa. Por fin, frente mismo a la llameante casa de Olegario, el carro de bomberos se detuvo y los hombres comenzaron rápida y serenamente los preparativos de rigor. De vez en cuando, desde las ventanas de la planta alta, alguna astilla volaba por los aires.

Con toda parsimonia, Olegario bajó del taxi. Se acomodó el nudo de la corbata, y luego, con un aire de humilde vencedor, se aprestó a recibir las felicitaciones y los abrazos de sus buenos amigos.



Mario Benedetti, La muerte y otras sorpresas.

17 de mayo de 2010

Muerte Instantanea - Resultados del concurso de fotografía

Bueno, señores... No tengo ni la mínima idea de como decirlo.
Una vez me decidí  a entrar a un concurso de fotografía, hecho por la UNAM, sobre situaciones de la megaofrenda en C.U., del escritor Edgar Allan Poe. Y bien, fueron 6 días de la expocición de las ofrendas, de los cuales, sólamente fuí tres. Fueron tantas fotografías que tomé, que ni yo mismo me imaginé.
El problema fue decidir 5 sólamente para el concurso, y bueno, se imaginaran, ahí estuvo el dilema.
Bien, las terminé escogiendo el último día de registro (27 nov), con ayuda de Danae. Se imprimieron, y me las entregaron después de una hora. (oh, frustración...). El cierre de registros era a las 8:00 p.m.,
bueno... estaba a 1:30 hrs de no llegar... (oh, bendita frustración...).
Llegué a Universum, (siendo las 7.55 p.m., si, de nuevo, frustración...) que se supone los registros eran  enfrente de, bueno, perdido pedí ayuda a alguna persona en la penumbra, que me mando como cien metros abajo... (de seguro él estaba más perdido que yo..., pero bueno... ).
Llegando como a los cincuenta metros, de nuevo, encontré a alguien en la penumbra, pregunté, y me mando de regreso...
Santos retardos Batman... faltaba un minuto para el cierre...
Del otro lado de la acera, vi a lo lejos ótro edificio, dije: 'Preguntaré ahí, ellos si sabran dónde es...'
Santas sorpresas, Batman... Era ahí... 8:01 p.m., y bueno, casi me infarto al ver a las últimas cuatro personas de la fila... Y muy discretamente, en serio, discrétísimamente me formé, casi gritando, que yo era de fotografía...
A todo esto, secándome el sudor de tanto correr... pregunté donde me registraba, puesto que eran varias secretarias. Una me hizo pasar a una especie de oficina pequeña, donde me hicieron un cuestionario y esas cosas... saliendo noté que era el último, ahora si. Y bueno... Al momento de entregar mi sobre con las cinco fotografías, la secretaria anotó mi seudónimo... Fué algo así...

"Cuál es tu seudónimo?
-Viejo Barco azul.
Oh, mira, como el color de mi plumón! seguramente ganarás, te dará suerte, bien dicen que los últimos serán los primeros...
-Hehe, gracias, señorita."

Fué mi primer concurso, fuí el último en registro, 538 fotógrafos más en la competencia... y sin ningún curso en el tema...
Me envian los resultados seis meses despues y resulta que gané...
Una vez me dijeron: Tienes buenos dedos, para la fotografía...
No entiendo que queria decir con los dedos... pero me quedo con que tengo buen ojo... hehe.

Éste tal vez si sea el paso decisivo para dedicarme de lleno a élla.
Desde pequeño recuerdo me apasionó, por un comentario que escuché me parece en la tele:
" las fotografías no reflejan la realidad, las distorciona..., no deberían existir..."

Me complasco en decirles que estoy dedicado y empeñado en darles a ustedes la mayor realidad capturada en todas mis fotos...

En fin... Me alegra bastante el saber que gané, y se preguntarán, y el premio? Es dinero, pero lo importante es ese mérito al haber llegado hasta el final.

Entonces... éste jueves será la ceremonia de premiaciones, detrás del CCH Sur...

Ya fué mucha plática. Aquí hay tres fotografías del concurso, de cabecera, de perfil, y ésta.
Gracias, pues, a los que alguna vez hayan visto mis fotos...
 Nos vemos el JUEVES!
 =D

8 de abril de 2010

Cristales




Limpiamente,
el tajo del perfume
corta la tarde en dos: olor de toronjil
en el cuello blanco de la muchacha
y humo del cigarrillo de él,
los dos desnudos,
sábanas frescas, vasos de agua
—y el paso del tiempo entre los cuerpos.
No hay nada más. No hablan.
Tonos de azul oscuro bordean
el aciago cristal de la tarde. Otro cristal
los rodea: este silencio.


(la ilustración queda pendiente) 


6 de abril de 2010

Amanda

Eran las seis. Aún era preciso esperar a que el sol se hundiera para ocultar esa especie de pudor que parece acentuarse cuando hay luz. La advertencia fue clara –así que en esto no cabía el asombro– porque ya para entonces Amanda no ignoraba que muy pronto de nada servirían los melindres; simplemente, habría que tomar a los clientes por sorpresa, a pesar de saber que esos rostros, inocentes tras el perfil de los edificios ensombrecidos, eran inconmovibles.
Nunca le dijeron lo del cuerpo pegajoso por el doble empeño del sudor y los nervios, metido a presión en la coraza de una ropa demasiado estrecha donde, qué raro, se sentía más cómoda. Sólo habían sido explícitas con lo de las maneras: “Te paras así, luego extiendes la más generosa de las sonrisas, y empiezas con la retahíla de pro
mesas.” Pero como si no se lo hubieran dicho: Amanda empezaba a desesperarse.
Más que por un pudor auténtico, conservaba celosamente cierto uso de las formas, ciertos rasgos impregnados de una vergüenza escrupulosa y calculada porque los sospechaba emparentados con el beneplácito o el rechazo que esos rostros oscuros le otorgaran. Varias veces se había mirado en el espejo antes de salir. Había considerado sus dotes potenciales, como si verdaderamente su enorme pecho de cantante de ópera fuera a imponerse sobre la boca, incluidas las palabras, y realzándolo, le adjudicaba de antemano todo el triunfo de la empresa. Pero en el verbo estaba el secreto –o al menos eso había entendido en el adiestramiento–; así que repetía una y otra vez el pequeño texto, “le brinda, le da, le otorga”, el pequeño texto con que la empresa la iniciaba.
Por fin, entre los árboles enclenques del camellón, la luz de los postes que empezaba a insinuarse, hizo presa del primer incauto. Al verlo, Amanda pensó que tenía ganas de irse a remojar los pies en agua caliente y vinagre, por eso se volcó sonriendo sin perder un solo instante: “A ver, joven, para ese mal aliento, es una oferta, una promoción, la fábrica de pastillas tal, le viene
ofreciendo tal –y enseguida, susurrando casi–, para que ya me vaya a mi casa, ándele.”
Recuperado de la confusión, el hombre la había tomado de la barbilla y oprimía con un par de dedos fríos: no iba a comprar nada, Amanda lo sabía, pero lo miraba para asegurarse la dosis de autocompasión a que estaba acostumbrada. “Ahorita no, pero de aquello, ya sabe que estoy para servirla, reina”, y maldita sea, Amanda había esquivado el pellizco tarde porque ni la seña, ni el golpe bajo que pretendió dar, hallaron blanco sino en esa boca de lobo en la que se había convertido la calle para entonces.
Ahora los automóviles pasaban con menos frecuencia; el par de ojos de los faros iluminaba la cinta gris de la calle y Amanda se entretenía en mirar el humo que parecía salir de ellos, en engañosa actitud de espera. En realidad, hacía un recuento silencioso de lo que había vendido. Visiblemente desalentada, se sacó las zapatillas blancas que le había regalado la compañía, y que hacían un daño enorme a sus empeines de cojín, luego se aplicó a dejar pasar el tiempo.
Cuando había ido por el trabajo no le especificaron bien lo del anuncio en el periódico: “Pues edecán, ¿qué no sabe lo que es ser edecán?” y ella, por miedo de que la fueran a rechazar, se había conformado con esa explicación. Había puesto en la solicitud una sarta de mentiras que no hubieran hecho falta: hasta después vino a enterarse de que el único requisito indispensable era el par de medias blancas que las solicitantes debían traer de sus casas el primer día y con las cuales el empleo era cosa hecha.
Debía ser una empresa importante esa fábrica de pastillas, porque en menos de una semana habían acudido más de treinta muchachas que, como ella, querían el trabajo de edecán. Más de la mitad se habían arrepentido, desapareciendo con el par de zapatillas y las primeras cajitas que debían vender. Otras, en cambio, anchas como gallinas culecas, decían haber sido recontratadas para esta nueva promoción.
La empresa trabajaba mañana y tarde, pero Amanda empezaba su recorrido a las cuatro porque quería terminar la preparatoria. Un amigo de su hermano le había hablado maravillas del trabajo de aeromoza durante una fiesta y desde entonces, influida por el feliz recuerdo de aquella noche en que su chaperón había estado lo suficientemente borracho como para no amenazarla con denuncias mezquinas a la familia, soñaba con surcar los aires enfundada en ese uniforme tan lindo. Cuando tuvo a bien externar sus ideales a la familia reunida en la mesa del comedor, Elpidio, que para eso era el primogénito y no en balde había llegado a quinto semestre de Derecho, hizo alarde de su lengua, queriendo amargarle la ilusión. Después vino la unánime aprobación del padre y los demás hermanos que, masticando bien despacio y sin alterar ni un gesto, censuraban a la niña. No hubo necesidad de despegar los ojos del mantel, Amanda mostró por única vez su desacuerdo, bajito, pero con asombrosa convicción: “Pues sí, voy a ser gata, pero gata de angora.” Esa misma tarde había ido al sindicato a ver qué papeles se necesitaban para obtener una plaza. Su padre, ocupado de la prefectura del hogar a raíz de una jubilación que obligaba a las mujeres a cortar las conversaciones telefónicas de más de tres minutos y a vivir en un continuo estado de alerta, la sorprendió antes de que pudiera salir por la otra puerta; no importaba. La tomó del brazo desnudo como quien se apodera del mejor bistec en el mercado y entonces ella tuvo que aspirar la última bocanada del cigarro patriarcal y eso de que parecía corista de quinta; todavía aguantó la respiración cuando él le trazó la pe en la frente y entonces exhaló por fin: no importaba nada.
Se dirigió al sindicato y lo demás fue lo de menos, porque allí su buena estrella la hizo caer justo en manos de quien debía. Había sido lo que se dice un golpe de suerte: Amanda esperaba interminablemente su turno cuando un tipo más bien bajito entró a la sala con las manos en el cinturón, en un esfuerzo por mantener la pretina de los pantalones sobre el ombligo. Con un palillo de dientes sacado quién sabe de dónde, le hizo a Amanda una seña de que pasara a su despacho. Después, se metió el palillo entre dos muelas haciendo ruiditos intermitentes con la saliva y escupió un fragmento de comida. Era el líder sindical. Tras escucharla dijo que sí, que cómo no, que todo era cosa de que ella cooperara un poquito y, aunque eso sí, había muchas pero muchas chicas, no se imaginaba cuántas, que se morían por entrar, él podría darle una manita. Eso sí: la mayoría de las aspirantes se quedaba en el camino, cualquier pretexto les impedía seguir los trámites, c-u-a-l-q-u-i-e-r-a: un centímetro menos de estatura, una pequeña alteración en un examen de salud, cualquier cosita, je, pero ella iba a entrar, como que se veía que era una muchacha con disposición, o sea, dispuesta, pues, tú me entiendes. Amanda contestó solícita que claro, sí tenía la mejor de las disposiciones, aunque fuera un trabajo duro ella podría con el horario, con las horas de vuelo. Y además era muy responsable. Nada más con que le dijera qué papeles tenía que llevar... Cómo no, chula, él le tomó la mano entre las suyas, cómo no, y le daba golpecitos, yo después te digo. Y luego, estacionando los ojos en el par de montes temblones que casi casi se le volvían anginas: tú nomás vienes conmigo muñeca.
Amanda suspiró. Se puso a pensar en que las horas gastadas en vender pastillas valían la pena, en que los zapatos apretaban menos y en que el cansancio y todo lo demás eran minucias pasajeras; sólo un medio para alcanzar su ideal de mujer rica, ahora tan próximo.

Rosa Beltrán
(Ciudad de México, 1960)
Novelista, cuentista y ensayista.
Ha ejercido el periodismo y fue subdirectora del suplemento literario La Jornada Semanal. Titular de la Dirección de Literatura de la UNAM a partir de 2008.
En 1994 recibió un reconocimiento de la American Association of University Women. En 1997 obtuvo el Florence Fishbaum Award por el libro de ensayos América sin americanismos/Revaluating the Idea of the Americas: Utopic, Dystopic and Apocalyptic Paradigma. Premio Planeta-Joaquín Mortiz de Novela 1995 por La corte de los ilusos. Premio Jóvenes Académicos de la UNAM 1997 en el área de creación.
Es autora de la antología Los mejores cuentos mexicanos (en colaboración de Alberto Arriaga); de los ensayos América sin americanismos y El lugar del estilo en la época; de los libros de cuento: La espera, Amores que matan y Optimistas. También ha escrito las novelas: La corte de los ilusos, El paraíso que fuimos y Alta infidelidad.

4 de abril de 2010

Rosita

Se hallaban sumergidas entre flores; el coche, lleno de ramos, parecía una canastilla gigantesca. Violetas de Parma, rosas alhelíes, lirios, margaritas y azahares, parecían oprimir los dos cuerpos de mujer delicados, que apenas asomaban entre aquel hacinamiento de tan distintos colores y tan diferentes perfumes.
El látigo del cochero estaba revestido de anemones; los arneses de los caballos y las ruedas iban adornados también; en lugar de faroles, llevaban dos magníficos ramos, como si fueran los ojos de aquel jardín ambulante.
Llegaron al bulevar de la Fonciere, donde comenzó la batalla. Una doble fila de coches, a lo largo del inmenso paseo, se extendía como una cinta de colores. Los ramos cruzaban el aire como balas y caían muchas veces al suelo, donde una turba de muchachos los recogía.
Los que ocupaban los coches se llamaban, se reconocían, se ametrallaban con rosas. Un carro lleno de mujeres vestidas de rojo, como diablos, atraía las miradas Un caballero, semejante a los retratos de Enrique IV, arrojaba con alegre ardor un ramillete sujeto a una cinta elástica. Temiendo el golpe, las mujeres se tapaban los ojos y los hombres bajaban la cabeza; pero el proyectil, suave, rápido y obediente, interrumpía su trayectoria para volver a la mano de su tirador, que lo arrojaba luego sobre otra cara nueva.
Las dos bonitas mujeres vaciaban a manos llenas su arsenal y recibían una lluvia de ramos. Después de una hora de combate Cansadas al fin, mandaron al cochero que se dirigiese hacia la calle de *, que tiene vistas al mar.
El sol se ocultaba detrás del Estartel, dibujando en oscuro, sobre un fondo rojo, los picos de la montaña, El mar, tranquilo, azul y claro, se unía en el horizonte con la bóveda celeste, y grandes buques, anclados en el golfo, parecían un rebato de apocalípticas bestias, enormes y tranquilos, acorazados y ventrudos, luciendo sus palos delgados como un ligero adorno y alumbrando el espacio por la noche con sus ojos de luz blanca.
Las dos bonitas mujeres, recostadas en los almohadones de su landó, miraban lánguidamente.
Una dijo, al fin:
—Hay deliciosas tardes en que todo agrada. ¿No es verdad?
La otra respondió:
—Sí; todo agrada• Pero se necesita otra cosa, además.
—¿Qué? Me considero completamente feliz: nada necesito.
—Acaso tú no lo sientas como yo; pero la mujer, aun cuando un dulce bienestar invada su cuerpo, necesita siempre algo para el corazón.
Y la otra decía, sonriendo:
—¿Un poco de amor?
—Sí.
Callaron. Después, una de las dos, mirando hacia delante, exclamó:
—La vida no me parecería soportable sin amor. Necesito que me quieran. Somos todas lo mismo, aunque no todas lo confiesen.
—No soy yo de tu opinión. Que me quiera quien yo quiero, sí. De los demás, nada me importa. Piensas que podría serme grata la ternura de.., de... .—y buscando un término a su frase, recorría el panorama con los ojos, que, se fijaron en los dos relucientes botones de la levita del cochero, y, soltando la risa, prosiguió—:...la ternura de mi cochero?
La otra, con una leve sonrisa, dijo en voz baja:
—Te aseguro que resulta muy divertido ser adorada por un criado. Lo sé por experiencia. Los pobres abren unos ojos tan ardientes, que hay para morirse de risa. Pero es preciso mostrarse tanto .más severa cuanto más enamorados están; luego se los despide un día con cualquier pretexto, evitando el ridículo de que lo note alguien que pueda importarnos.
Su amiga la escuchaba, y después de reflexionar un poco añadió:
—Te aseguro que no advertiría siquiera el apasionamiento de mi lacayo. Cuéntame cómo reparas en que te quieren.
—Pues la cosa es de lo más elemental: se les conoce, como a nuestros amigos, en que se vuelven estúpidos.
—Un hombre de mi clase no me parece muy estúpido cuando me desea.
—Se ponen idiotas, amiga mía, incapaces de sostener una conversación, de contestar oportunamente, de discurrir...
—Pero ¿qué gusto podía darte la pasión de un criado? ¿Te halagaba? ¿Te conmovía?
—¿Conmoverme? No. ¿Halagarme? Si; un poco. Siempre halaga el amor de un hombre; de cualquier hombre.
—No lo entiendo.
—Sí. Voy a contarte una increíble aventura que me ocurrió. Verás cómo es curioso e inexplicable lo que sentimos en esas ocasiones.
Hace cuatro años, en otoño, habiéndome quedado sin doncella, probé seis o siete seguidas, con tanta desgracia que ninguna me sirvió.
Leí entonces en los anuncios de un diario que deseaba colocación una joven que sabía coser, bordar, peinar y con buenos antecedentes. Además también sabia el inglés. Dirigí una tarjeta al sitio indicado en el anuncio, y al día siguiente la joven se presentó. Era bastante alta, delgada, pálida y con expresión tímida. Tenía grandes ojos negros y buen cutis; me satisfizo su presencia.
Le pregunté acerca de sus informes, y me presentó un certificado en inglés, porque había servido solamente a lady Rymbell durante diez años.
El papel decía que la joven salió de Londres por su voluntad para volver a Francia; que no había hecho nada punible durante su largo servicio y que sólo podía tachársela de un poco de coquetería francesa.
La pudibundez de la frase inglesa me hizo sonreír, y, desde luego, decidí que la joven quedase a mi servicio como doncella.
Se llamaba Rose. En un mes fue para mi necesaria, insustituible. Rose era un feliz hallazgo, una joya, un fenómeno.
Sabía peinar con un gusto exquisito; adornaba un sombrero mejor que una modista y hasta cortaba con acierto un vestido.
Me asombraban sus facultades. Nunca me vi tan bien servida.
Me vestía rápidamente, con una ligereza inexplicable. Nunca rozaba con sus dedos mi piel; no hay cosa que me disguste más que las manos de una criada. Adquirí costumbres perezosas en exceso, porque me agradaba que me vistiera y me desnudase de pies a cabeza, desde la camisa hasta los guantes, con tanto primor, aquella doncella que no hablaba jamás y que siempre se acaloraba un poco en esos quehaceres. Al salir yo del baño, me frotaba y me secaba, mientras yo, con los ojos cerrados, me adormecía en el diván. Llegó a parecerme, por su delicadeza, una señorita sin recursos.
Pero una mañana el portero dijo que tenía que hablarme. Mi portero es un hombre de toda confianza, soldado viejo y antiguo servidor de mi marido.
Se atragantaba, como si fuese poco agradable lo que tenía que decirme. Al fin, rompió:
—Señora, en el portal aguarda el comisario de Policía.
Pregunté bruscamente:
—¿Qué tenemos que ver con la Policía?
—Quiere hacer un registro en el hotel.
Indudablemente la Policía es útil, pero yo la detesto. Me parece una profesión poco noble. Molesta por aquel recado intempestivo, dije:
—Un registro, ¿a santo de qué? No entrará.
El portero añadió:
—Asegura que se oculta un criminal en esta casa.
Esto me atemorizó, y di orden para que dejasen pasar al comisario. Era un hombre correcto. Me pidió mil perdones, me ofreció mil excusas y acabó asegurándome que había entre mi servidumbre un presidiario.
Aquello me indignó. Le dije que yo respondía de la honradez de mis criados, y los fui enumerando a todos:
—El portero, Pierre Courtin, viejo soldado.
—No es el que busco.
—El cochero, François Pingau, campesino, hijo de un arrendador de haciendas mías.
—Tampoco es él.
—Un mozo de cuadra, también labriego, hijo de labriegos, y un lacayo, que usted ha visto al entrar.
—No es-ninguno de los que la señora nombra.
—Ya ve usted cómo vino engañado.
—Perdón, señora; estoy seguro de no equivocarme• Como se trata de un criminal terrible, sería conveniente, para descubrirlo, que la señora me presentase a todos, absolutamente a todos los que viven en su casa.
Me parecía demasiada exigencia, pero accedí. Llamé a toda la servidumbre, mujeres y hombres.
—¿No hay más?
—Una joven que no le parecerá, sin duda, un presidiario.
—¿Puedo verla?
-Si.
Llamé a Rose, la cual se presentó al punto. Inmediatamente hizo el comisario una señal, y dos policías, que hasta entonces no vi, se precipitaron sobre mi doncella, oprimieron sus brazos y ataron sus manos con un cordel.
Exaltada por semejante atropello grité, quise defenderla.
El comisario me detuvo con estas palabras:
—Señora, su doncella es un hombre que se llama Jean Nicolás Lecapet, condenado a muerte hace tres años por asesinato y violación. Un indulto le alcanzó, reduciéndole a cadena perpetua. Se fugó del presidio hace cuatro meses.
Yo no lo creía. El comisario, sonriente, añadió:
—Voy a dar a la señora una prueba. Tiene un tatuaje de colores en el brazo izquierdo.
Le arremangaron y vi la señal. El comisario pronunció entonces una frase de mal gusto:
—Conténtese usted con esta comprobación y no exija otras más terminantes.
Y se la llevaron.
Mira: lo que me indignaba no era el engaño ni el peligro en que me vi; no era tampoco la vergüenza de que un hombre me hubiese vestido y desnudado, secándome y frotándome tantas veces; lo que me indignaba era una humillación de mujer... ¿Comprendes?
—No del todo.
—Reflexiona. Ese mozo habla sido condenado por violación... Yo pensaba... en la mujer a la ;cual violó... Aquello era humillante para mi, que le había tenido tan cerca siempre, que me había visto desnuda tantas veces, que me había envuelto en la sábana sin... ¿comprendes ahora?
La otra no respondía. Miraba con una fijeza singular los dos brillantes botones de la levita del cochero, y en sus labios se dibujaba una sonrisa de esfinge, propia de una mujer.

9 de marzo de 2010

Por un instante

La lluvia se desgajó como un fruto blanco
sobre la superficie azul del mundo:
aquí, allá, se desdoblaron
cajas y presencias,
la cauda de los accidentes,
el infinitesimal estallido inicial del dolor.

El agua indivisa y recta
mojó ángulosy artefactos;
luego cesó, igual que había comenzado.

El mundo azuleó más aún, titubeante.
Se encendió  y quedó vinculado
a los esplendores atmosféricos.
Por un instante el mundo se unió
al cielo, después de la lluvia.