13 de diciembre de 2010

THE TYRANNOSAURUS PRESCRIPTION

Este primer volumen de La Receta del Tiranosauro, última obra del genial escritor científico Isaac Asimov,
reúne una treintena de trabajos acerca de nuestro futuro como habitantes del Planeta Tierra. El autor los
seleccionó personalmente con la intención de ofrecer un panorama completo sobre el tema. El libro puede
leerse de principio a fin o de atrás para adelante, o abriéndolo al azar en cualquier capítulo.



Capitulo 10 Psicología


La palabra psykhé, en griego, originalmente se refería a "aliento" que por supuesto, los griegos noentendían en el sentido científico moderno. Para ellos el aliento era algo etéreo e insustancial, algo que de algún modo estaba íntimamente relacionado con la vida. Las piedras no respiran, ni tampoco los seres humanos muertos.
La palabra llegó a traducirse como "alma", que también se considera etérea e insustancial y de algún modo íntimamente relacionada con la vida.
Sin embargo, una definición más exacta se diluye en sutilezas e incertidumbres teológicas.
Si vamos a definir "psykhé" o "alma" sin referencias con la teología, podemos pensar en ella como en el centro interno del ser que se aloja en el cuerpo físico. Es la personalidad, individualidad, en lo que usted piensa cuando dice: "yo". Es lo que permanece intacto y completo, aunque pierda alguno de los miembros,
los ojos padezcan ceguera, o el cuerpo mismo esté enfermo, herido o agonizante.
Entonces la "psicología" es el estudio sistemático de ese centro interno que es usted, y la palabra que estamos más inclinados a utilizar para representarlo en estos tiempos no teológicos no es "alma", sino "mente". La psicología es el estudio de la mente.
La psicología es fascinante porque parece existir al final de dos extremos del conocimiento. En cierto modo, todos la comprenden: en otros, nadie. Otras ciencias pueden compartir estos extremos del carácter epistemológico —quizá todas las ciencias lo hagan— pero con toda seguridad ninguna hasta el punto en que lo hace la psicología.
Por ejemplo, para comprender por qué una bola de billar se comporta como lo hace, por qué se desplaza cuando la golpean, cómo choca y rebota con la banda o con otra bola, como es que se alteran velocidad y dirección como resultado del choque... todo esto necesita un buen conocimiento de los principios de dicha rama de la física conocida como mecánica. En sentido opuesto, se pueden elaborar los principios de la mecánica por medio de un cuidadoso estudio de las minucias de la conducta de las bolas de billar.
Aún así, los expertos en el arte del billar no necesariamente han estudiado física ni mecánica, quizá nunca hayan oído nada de la conservación del momento ni aprecian las complejidades matemáticas del momento angular producido por la colocación del "efecto" en las esferas. No obstante, logran que las bolas de billar hagan todo menos cocinar, y lo hacen por medio de una meticulosa atención a los principios que no saben que saben.
Lo mismo puede decirse de los lanzadores del béisbol que hacen sus envíos con complejo virtuosismo, así como de los bateadores que golpean dichos lanzamientos con un dominio artístico del ritmo en el tiempo.
Quizá ganen millones por su dominio de la ciencia aplicada de la mecánica aún cuando (quizá) nunca hayan aprendido las bases más fundamentales de la física.
Tan sólo la observación y práctica cuidadosa pueden llegar a hacer que se comprendan las leyes de la ciencia en un sentido muy útil, ya que la ciencia es un sistema organizado que describe al mundo real y usted vive en el mundo real. Usted no puede evitar aprender a describir al mundo por completo en virtud de ese hecho, aunque para su descripción no utilice los términos convencionales que los científicos han elaborado y aceptado para usar entre ellos.
Por lo tanto, no es sorprendente que existan personas que hayan llegado a comprender a la mente humana lo suficientemente bien por medio de la observación de los demás, de vivir e interrelacionarse con ellos, de observar sus hábitos, respuestas y peculiaridades. Nadie puede leer a Shakespeare, Dostoyevski, Tolstoy, Dickens, Austin, Moliere, Goethe, y muchos e innumerables otros, sin darse cuenta de que cada uno comprendía profundamente a la humanidad en todas sus variedades y perplejidades, aunque ninguno de ellos
hubiera estudiado psicología formalmente.
Esta comprensión no científica de la psicología, está, sin duda alguna, más extendida que cualquier otra ciencia. Los deportistas pueden tratar, sin deseos, con la física, los cocineros con la química, los jardineros con la biología, los marineros con la metereología, los artistas con las matemáticas… pero todas estas son ocupaciones especializadas.
Sin embargo, todos sin excepción deben tratar con gente. Hasta los anacoretas deben tratar consigo mismos, y quizá sea suficiente porque cada uno de nosotros lleva dentro de sí todas las virtudes y vicios, brillantez y debilidades, aversiones y tendencias, de la humanidad en general.
Así, podríamos llegar a la conclusión de que, en cierto modo, la psicología es la ciencia mejor conocida y más ampliamente comprendida,
Pero...
La mente humana, nacida —como debe ser— del cerebro humano, es algo extraordinariamente complicado. El cerebro es, casi sin duda, el conjunto de materia más complicado y sutilmente interrelacionado que conocemos (con la dudosa y posible excepción del cerebro del delfín, que es más grande e intrincado que el cerebro humano).
Al estudiar algo tan superlativamente como el cerebro humano, naturalmente debemos esperar que de vez en cuando no sepamos qué hacer. Esto es más obvio cuando se detiene a pensar en que estudiamos al cerebro humano con nada más que el cerebro humano. Pedimos a la complejidad que comprenda otra complejidad igual.
Entonces no es motivo para maravillarse que, aunque miles de millones de seres humanos —a través de la historia del homo sapiens— se hayan estudiado a sí mismos y a otros asistemática e informalmente, que aunque genios extraordinarios hayan iluminado la condición humana en la literatura, arte, psicología y —en estos últimos días— ciencia, queden enormes porciones de incertidumbre y desconocimiento (y podemos estar seguros de que es más que en cualquier otra ciencia). Aún esas áreas más estudiadas y expuestas están destinadas a permanecer, en cierto grado, en polémica.
Y así, en cierto modo, la psicología es la ciencia menos comprendida.
También considere que la solución para todos los problemas que presionan y han presionado a la humanidad a través de toda su historia se apoyan —en gran medida— en los defectos del funcionamiento de la mente humana.
Algunos problemas parecen ser completamente independientes a nosotros, e intratables para cualquier esfuerzo humano —por ejemplo, la llegada de la edad glaciar a la explosión del Sol— y aún así la mente humana puede prever plausiblemente el acontecimiento y elegir acciones que disminuyan el efecto, aunque tan sólo sea facilitar la muerte. Se necesita buena voluntad, razón e ingenuidad (que con frecuencia faltan).
Por otra parte, la tontería humana (o, por lo menos, sabiduría insuficiente) nos ofrece un peligro constante y en aumento.
Si nos destruimos a nosotros mismos por medio de la guerra nuclear, sobrepoblación, desperdicio de recursos, contaminación, violencia, enajenación, entonces parte (quizá la mayor parte) de la causa se apoya en la falta de capacidad de nuestras mentes para reconocer la naturaleza del peligro, y la renuencia de nuestras mentes para aceptar la necesidad de llevar a cabo las acciones que se necesiten para desviar o disminuir el peligro.
Entonces, no hay duda alguna de que la psicología es la más importante de las ciencias. Podemos vivir, sin que importe que tan primitivamente, con poco conocimiento de cualquiera de las otras ciencias, pero si no
comprendemos a la psicología seguramente estaremos perdidos.
¿Qué papel representa aquí la ciencia-ficción?
En general, los escritores de ciencia-ficción no son mejores ni más comprensibles que otros escritores, y no
hay razón alguna para pedirles, como individuos, la iluminación de la condición humana.
Sin embargo, en la ciencia-ficción se representa a los seres humanos enfrentándose a situaciones extrañas,
sociedades raras, problemas poco ortodoxos. El esfuerzo para imaginar la respuesta humana a estas cosas puede dirigir un nuevo rayo de luz contra la sombra, permitiéndonos ver lo que estaba poco claro.
Los cuentos de “Orbita de Alucinación” han sido seleccionados con todo esto en mente, y cada uno está
precedido por una presentación escrita por mi compañero en la publicación, Charles Waugh, quien resulta ser
un psicólogo profesional.

Isaac Asimov, La receta del tiranosaurio, Nuestro futuro, vol. I, capitulo 10

7 de septiembre de 2010

Piedras

 
no tenemos la casa todavía,
tenemos piedras; algunas.
trozos de pan, algo de vino tenemos
pero la casa no;
sin embargo tenemos oscuridad,
porque luz no tenemos todavía;
tenemos algunas lágrimas y besos,
otras cosas igualmente ridículas tenemos,
pero la casa no. quizá
paredes que se levantan muy despacio,
mas no tenemos casa todavía
donde encontrar el frío, la soledad,
la lluvia,
pero arriba
un cielo como sábana tenemos
y abajo un infierno delicioso
por donde deambulamos
recogiendo piedras.
“hoy no me llevas, muerte, calavera,
no me voy, no quiero ir.
hoy no voy ni entrego mi barco de papel,
mi brazo, mi guitarra, hoy no,
hoy solamente tiro piedras,
poemas,
muchas piedras contra tu rostro
–no niego, dulce rostro–
tiro piedras,
me arranco el corazón y te lo arrojo.
hoy no, muerte, hoy no voy, no quiero,
necesito hacer la casa”.
y estoy vivo
cuando arrojo palabras, muchas palabras,
fuego.

31 de agosto de 2010

El Remojo

Los primeros pobladores de lo que fue el Vaso de Texcoco carecíamos de todos los servicios urbanos.
Quienes resistieron inundaciones y tolvaneras propias de aquellas colonias, tenían que ingeniárselas para subsistir: si de agua se trataba, las lluvias proveían: sólo era cuestión de colocar los recipientes adecuados en las goteras de los tejados y luego hervir el líquido.
La electricidad podía tomarse de la línea que abastecía al único molino de nixtamal establecido
en las cercanías. Esto dio origen a descomunales telarañas de cables que, para la gente de fuera, afeaban el paisaje, y para nosotros, impedían volar papalotes con toda libertad. Pero luz había, aunque hubiera que alternar el radio de bulbos con el de baterías en la noche, cuando los consumidores hacían uso de sus instalaciones.

La cuestión del drenaje la solucionaban de diversos modos los pioneros. Los guáteres, por
ejemplo, se instalaban sobre fosas sépticas (si se contaba con los recursos necesarios para construirlas)
o sobre los pozos excavados para ese fin.
En la construcción de las letrinas participaba toda la familia. Y una vez que la capacidad de agujero se colmaba, había que cavar otro en algún lugar del terreno que a los veinte centímetros
ya manaba agua salada y amarillenta.
La letrina, baño o guáter (nombre que comúnmente se le daba) constaba de una tarima sobre la oquedad, con una perforación cuadrada al centro. O podían ser dos o más, al gusto, sobre las cuales se colocaban asientos hechos de madera; así se salvaban posibles aglomeraciones ocasionadas por alguna afección estomacal. Además, permitían el diálogo o la lectura de historietas con vecinos para intercambiar ejemplares.
Pero los pozos no eran eternos. Cuando ya se advertía la necesidad de uno nuevo, se buscaba el sitio adecuado y si no había la suficiente mano de obra, se contrataban chavos para hacerlo.
En realidad eran dos las misiones: excavar el nuevo… y tapar el ya colmado; para esto último se utilizaba la tierra de la nueva excavación, basura y cascajo; si por suerte algún perro muerto andaba por los alrededores, ya tenía una tumba digna y sus restos mejor fin: servir de abono a un eucalipto, fresno o pirul, especies favoritas entre el vecindario.

Quien estrenara el nuevo guáter tenía que dar el “remojo”: invitar los refrescos o los tragos, según la edad y la capacidad económica. A los chamacos tenían que andar espantándolos los mayores para que no estrenáramos, pues carecíamos de recursos para “disparar” por el “remojo”.
Pero la verdad es que casi siempre uno se las ingeniaba, por lo que se decretó que el “remojo” que valía, el “de-a-deveras”, era de un adulto no necesariamente a tanto de que el sino estaba intacto.
Había incluso otros que reservaban el “remojo” a las visitas, y había que esperarse hasta el domingo en que era más probable la llegada de éstas. Entonces ya se tenía un pretexto para invitarlos
para que se quedaran a comer y claro que había chelas o pulque, si es que no se le ocurría faltar al pulquero que cada ocho días pasaba con su burro cargando las botas llenas de tlachicotón made in Texcoco o Coatlinchan. Claro que no todos los vecinos festejaban un acontecimiento como éste, pero nosotros formábamos parte de la calle de los michoacanos (por parte de mi apá) y entonces no había pierde:
mientras los mayores festejaban y sacaban el radio o el tocadiscos Radson al patio, los chamacos
disfrutábamos de un día con bastante dinero, pues cada visita que llegaba se ponía a mano con el domingo para cada quien. Entonces podía uno hacerse de trompos, canicas, baleros, yoyos o el juguete de la temporada, y comprar de los recién nacidos pastelillos chatarra o chocolates con tal de obtener las estampillas (larines, les llamábamos) para jugar volados, intercambiar o apostar para tener las necesarias y completar los álbumes.

Y todo era posible gracias al estreno de la letrina
y a la tradición del “remojo” de un sitio que da para otras historias.



Los textos de Emiliano Pérez Cruz fueron tomados de Si fuera sombra, te acordarías, Conaculta y Plan C Editores, México, 2002.


Emiliano Pérez Cruz
(Ciudad de México, 1955)
Narrador. Estudió periodismo en la unamunamunam. Ha sido coordinador de la revista La semana de Bellas Artes. Cronista Honorífico de Ciudad Nezahualcóyotl.
Fundador y coordinador de la sección cultural
de Summa; coordinador de la sección cultural de Ovaciones; fundador de Unísono y de Vientos.
Colaborador de El Financiero, El País, El Segundo
Piso, El Universal, La Cultura en México, La Garrapata, La Jornada, Novedades, La Semana
de Bellas Artes, Reforma, entre otros medios.
Premio de Cuento en el Festival Literario de la fcpysfcpysfcpysfcpys 1976. Premio Nacional de Testimonio Chihuahua 2000 por Si fuera sombra, te acordarías.
Sus numerosas crónicas han sido reunidas en los siguientes libros: Borracho no vale. Noticias de los chavos banda. Pata de perro. Si fuera sombra, te acordarías.
Ha publicados los libros de cuento Tres de ajo, Si camino voy como los ciegos, Los siete pecados capitales (colectivo), Me matan si no trabajo y si trabajo me matan, Un gato loco en la oscuridad y Antología personal.

11 de julio de 2010

Cuando cae la nochecita

Sólo tú sabes que hay debajo de los lechos
Yo quisiera decir, "no tengo miedo a nada",
pero un fantasma recorre las calles:
anteayer, una mano parlante palmoteó mi espalda
y, ayer, una barba blanca me hizo llorar.
No sé que pasa: Ya los juguetes comienzan a ulular,
circulan los presentes
y la gente pregunta la fecha,
sin sospechar de lo siniestro.
Los niños cantan, "din don dan"
sin saber que sus gargantas se teñirán de rojo,
que ya no importan unos labios
esforzándose frente al teléfono,
y un rostro laborioso de hormiga
o un peinado "fresco".

Las calles son las mismas de siempre,
pero un fantasma virulento las recorre
y, en la zona roja,
las prostitutas anuncian hechos sorprendentes,
muestran hombros desnudos,
senos como soles
y un rostro extasiado.

Todo resplandece, pues, Señor: el humo,
la luz de los cigarros,
un gato y su mirada profunda
alrededor de los muros.


De, La conversación Ortodoxa, Cuando cae la nochecita.

19 de junio de 2010

Sobre la poesía

habría un par de cosas que decir/
que nadie la lee mucho/
que esos nadie son pocos/
que todo el mundo está con el asunto de la crisis
mundial/y
con el asunto de comer cada día/se trata
de un asunto importante/recuerdo
cuando murió de hambre el tío juan/
decía que ni se acordaba de comer y que no había
problema/
pero el problema fue después/
no había plata para el cajón/
y cuando finalmente pasó el camión municipal a
llevárselo
el tío juan parecía un pajarito/
los de la municipalidad lo miraron con desprecio
o desdén/murmuraban
que siempre los están molestando/
que ellos eran hombres y enterraban hombres/y no
pajaritos como el tío juan/especialmente
porque el tío estuvo cantando pío-pío todo el viaje
hasta el
crematorio municipal/
y a ellos les pareció un irrespeto y estaban muy
ofendidos/
y cuando le daban un palmetazo para que se callara
la boca/
el pío-pío volaba por la cabina del camión y ellos
sentían que
les hacía pío-pío en la cabeza/el
tío juan era así/le gustaba cantar/
y no veía por qué la muerte era motivo para no
cantar/
entró al horno cantando pío-pío/salieron sus cenizas
y piaron
un rato/
y los compañeros municipales se miraron los zapatos
grises.
de vergüenza/pero
volvieron a la poesía/
los poetas ahora la pasaban bastante mal/
nadie los lee mucho/esos nadie son pocos/
el oficio perdió prestigio/para un poeta es cada día
más difícil
conseguir el amor de una muchacha/
ser candidato a presidente/que algún almacenero
le fíe/
que un guerrero haga hazañas para que él las cante/
que un rey le pague cada verso con tres monedas
de oro/
y nadie sabe si eso ocurre porque se terminaron
las
muchachas/los almaceneros/los guerreros/
los reyes/
o simplemente los poetas/
o pasaron las dos cosas y es inútil
romperse la cabeza pensando en la cuestión/
lo lindo es saber que no puede cantar pío-pío
en las más raras circunstancias/
tío juan después de muerto/yo ahora
para que me quierás/


Juan Gelman
(Buenos Aires, 1930)
Es el mayor poeta argentino en la actualidad. Exiliado, vagabundo
por varios países debido a la dictadura militar, un
día decidió radicar con nosotros.
Sus inicios fueron como miembro fundador del grupo
de poesía El pan duro, y de ahí hasta ser director del suplemento
cultural de La opinión, diario argentino. Ya en
estos lares ha colaborado en revistas, suplementos y diarios
como Análisis, La Jornada Semanal, Nueva Expresión, Página/
12, Rojo y Negro y actualmente se le puede leer cada
sábado en el diario Milenio con su columna de análisis
internacional.
Su obra se encuentra en múltiples antologías y, junto
con la de Mario Benedetti y la de Oliverio Girondo, formó
parte del guión de la película El lado oscuro del corazón
de Eliseo Subiela.
Hacia el sur, Violín y otras cuestiones y El juego en que
andamos son los poemarios que recogen lo mejor de su
obra. Entre sus premios se encuentran el Mondello, de Italia,
el Nacional de Poesía 1997, en Argentina, el Juan Rulfo
de literatura latinoamericana y del Caribe, en México, el
Reina Sofía de poesía, en España. Nada más.

5 de junio de 2010

La Noche de los Feos

Ambos somos feos. Ni siquiera vulgarmente feos. Ella tiene un pómulo hundido. Desde los ocho años, cuando le hicieron la operación. Mi asquerosa marca junto a la boca viene de una quemadura feroz, ocurrida a comienzos de mi adolescencia.

Tampoco puede decirse que tengamos ojos tiernos, esa suerte de faros de justificación por los que a veces los horribles consiguen arrimarse a la belleza. No, de ningún modo. Tanto los de ella como los míos son ojos de resentimiento, que sólo reflejan la poca o ninguna resignación con que enfrentamos nuestro infortunio. Quizá eso nos haya unido. Tal vez unido no sea la palabra más apropiada. Me refiero al odio implacable que cada uno de nosotros siente por su propio rostro.

Nos conocimos a la entrada del cine, haciendo cola para ver en la pantalla a dos hermosos cualesquiera. Allí fue donde por primera vez nos examinamos sin simpatía pero con oscura solidaridad; allí fue donde registramos, ya desde la primera ojeada, nuestras respectivas soledades. En la cola todos estaban de a dos, pero además eran auténticas parejas: esposos, novios, amantes, abuelitos, vaya uno a saber. Todos -de la mano o del brazo- tenían a alguien. Sólo ella y yo teníamos las manos sueltas y crispadas.

Nos miramos las respectivas fealdades con detenimiento, con insolencia, sin curiosidad. Recorrí la hendidura de su pómulo con la garantía de desparpajo que me otorgaba mi mejilla encogida. Ella no se sonrojó. Me gustó que fuera dura, que devolviera mi inspección con una ojeada minuciosa a la zona lisa, brillante, sin barba, de mi vieja quemadura.

Por fin entramos. Nos sentamos en filas distintas, pero contiguas. Ella no podía mirarme, pero yo, aun en la penumbra, podía distinguir su nuca de pelos rubios, su oreja fresca bien formada. Era la oreja de su lado normal.

Durante una hora y cuarenta minutos admiramos las respectivas bellezas del rudo héroe y la suave heroína. Por lo menos yo he sido siempre capaz de admirar lo lindo. Mi animadversión la reservo para mi rostro y a veces para Dios. También para el rostro de otros feos, de otros espantajos. Quizá debería sentir piedad, pero no puedo. La verdad es que son algo así como espejos. A veces me pregunto qué suerte habría corrido el mito si Narciso hubiera tenido un pómulo hundido, o el ácido le hubiera quemado la mejilla, o le faltara media nariz, o tuviera una costura en la frente.

La esperé a la salida. Caminé unos metros junto a ella, y luego le hablé. Cuando se detuvo y me miró, tuve la impresión de que vacilaba. La invité a que charláramos un rato en un café o una confitería. De pronto aceptó.

La confitería estaba llena, pero en ese momento se desocupó una mesa. A medida que pasábamos entre la gente, quedaban a nuestras espaldas las señas, los gestos de asombro. Mis antenas están particularmente adiestradas para captar esa curiosidad enfermiza, ese inconsciente sadismo de los que tienen un rostro corriente, milagrosamente simétrico. Pero esta vez ni siquiera era necesaria mi adiestrada intuición, ya que mis oídos alcanzaban para registrar murmullos, tosecitas, falsas carrasperas. Un rostro horrible y aislado tiene evidentemente su interés; pero dos fealdades juntas constituyen en sí mismas un espectáculos mayor, poco menos que coordinado; algo que se debe mirar en compañía, junto a uno (o una) de esos bien parecidos con quienes merece compartirse el mundo.

Nos sentamos, pedimos dos helados, y ella tuvo coraje (eso también me gustó) para sacar del bolso su espejito y arreglarse el pelo. Su lindo pelo.

"¿Qué está pensando?", pregunté.

Ella guardó el espejo y sonrió. El pozo de la mejilla cambió de forma.

"Un lugar común", dijo. "Tal para cual".

Hablamos largamente. A la hora y media hubo que pedir dos cafés para justificar la prolongada permanencia. De pronto me di cuenta de que tanto ella como yo estábamos hablando con una franqueza tan hiriente que amenazaba traspasar la sinceridad y convertirse en un casi equivalente de la hipocresía. Decidí tirarme a fondo.

"Usted se siente excluida del mundo, ¿verdad?"

"Sí", dijo, todavía mirándome.

"Usted admira a los hermosos, a los normales. Usted quisiera tener un rostro tan equilibrado como esa muchachita que está a su derecha, a pesar de que usted es inteligente, y ella, a juzgar por su risa, irremisiblemente estúpida."

"Sí."

Por primera vez no pudo sostener mi mirada.

"Yo también quisiera eso. Pero hay una posibilidad, ¿sabe?, de que usted y yo lleguemos a algo."

"¿Algo cómo qué?"

"Como querernos, caramba. O simplemente congeniar. Llámele como quiera, pero hay una posibilidad."

Ella frunció el ceño. No quería concebir esperanzas.

"Prométame no tomarme como un chiflado."

"Prometo."

"La posibilidad es meternos en la noche. En la noche íntegra. En lo oscuro total. ¿Me entiende?"

"No."

"¡Tiene que entenderme! Lo oscuro total. Donde usted no me vea, donde yo no la vea. Su cuerpo es lindo, ¿no lo sabía?"

Se sonrojó, y la hendidura de la mejilla se volvió súbitamente escarlata.

"Vivo solo, en un apartamento, y queda cerca."

Levantó la cabeza y ahora sí me miró preguntándome, averiguando sobre mí, tratando desesperadamente de llegar a un diagnóstico.

"Vamos", dijo.


2

No sólo apagué la luz sino que además corrí la doble cortina. A mi lado ella respiraba. Y no era una respiración afanosa. No quiso que la ayudara a desvestirse.

Yo no veía nada, nada. Pero igual pude darme cuenta de que ahora estaba inmóvil, a la espera. Estiré cautelosamente una mano, hasta hallar su pecho. Mi tacto me transmitió una versión estimulante, poderosa. Así vi su vientre, su sexo. Sus manos también me vieron.

En ese instante comprendí que debía arrancarme (y arrancarla) de aquella mentira que yo mismo había fabricado. O intentado fabricar. Fue como un relámpago. No éramos eso. No éramos eso.

Tuve que recurrir a todas mis reservas de coraje, pero lo hice. Mi mano ascendió lentamente hasta su rostro, encontró el surco de horror, y empezó una lenta, convincente y convencida caricia. En realidad mis dedos (al principio un poco temblorosos, luego progresivamente serenos) pasaron muchas veces sobre sus lágrimas.

Entonces, cuando yo menos lo esperaba, su mano también llegó a mi cara, y pasó y repasó el costurón y el pellejo liso, esa isla sin barba de mi marca siniestra.

Lloramos hasta el alba. Desgraciados, felices. Luego me levanté y descorrí la cortina doble.


Mario Benedetti, La muerte y otras sorpresas.

4 de junio de 2010

Los Bomberos

Olegario no sólo fue un as del presentimiento, sino que además siempre estuvo muy orgulloso de su poder. A veces se quedaba absorto por un instante, y luego decía: "Mañana va a llover". Y llovía. Otras veces se rascaba la nuca y anunciaba: "El martes saldrá el 57 a la cabeza". Y el martes salía el 57 a la cabeza. Entre sus amigos gozaba de una admiración sin límites.

Algunos de ellos recuerdan el más famoso de sus aciertos. Caminaban con él frente a la Universidad, cuando de pronto el aire matutino fue atravesado por el sonido y la furia de los bomberos. Olegario sonrió de modo casi imperceptible, y dijo: "Es posible que mi casa se esté quemando".

Llamaron un taxi y encargaron al chofer que siguiera de cerca a los bomberos. Éstos tomaron por Rivera, y Olegario dijo: "Es casi seguro que mi casa se esté quemando". Los amigos guardaron un respetuoso y afable silencio; tanto lo admiraban.

Los bomberos siguieron por Pereyra y la nerviosidad llegó a su colmo. Cuando doblaron por la calle en que vivía Olegario, los amigos se pusieron tiesos de expectativa. Por fin, frente mismo a la llameante casa de Olegario, el carro de bomberos se detuvo y los hombres comenzaron rápida y serenamente los preparativos de rigor. De vez en cuando, desde las ventanas de la planta alta, alguna astilla volaba por los aires.

Con toda parsimonia, Olegario bajó del taxi. Se acomodó el nudo de la corbata, y luego, con un aire de humilde vencedor, se aprestó a recibir las felicitaciones y los abrazos de sus buenos amigos.



Mario Benedetti, La muerte y otras sorpresas.

17 de mayo de 2010

Muerte Instantanea - Resultados del concurso de fotografía

Bueno, señores... No tengo ni la mínima idea de como decirlo.
Una vez me decidí  a entrar a un concurso de fotografía, hecho por la UNAM, sobre situaciones de la megaofrenda en C.U., del escritor Edgar Allan Poe. Y bien, fueron 6 días de la expocición de las ofrendas, de los cuales, sólamente fuí tres. Fueron tantas fotografías que tomé, que ni yo mismo me imaginé.
El problema fue decidir 5 sólamente para el concurso, y bueno, se imaginaran, ahí estuvo el dilema.
Bien, las terminé escogiendo el último día de registro (27 nov), con ayuda de Danae. Se imprimieron, y me las entregaron después de una hora. (oh, frustración...). El cierre de registros era a las 8:00 p.m.,
bueno... estaba a 1:30 hrs de no llegar... (oh, bendita frustración...).
Llegué a Universum, (siendo las 7.55 p.m., si, de nuevo, frustración...) que se supone los registros eran  enfrente de, bueno, perdido pedí ayuda a alguna persona en la penumbra, que me mando como cien metros abajo... (de seguro él estaba más perdido que yo..., pero bueno... ).
Llegando como a los cincuenta metros, de nuevo, encontré a alguien en la penumbra, pregunté, y me mando de regreso...
Santos retardos Batman... faltaba un minuto para el cierre...
Del otro lado de la acera, vi a lo lejos ótro edificio, dije: 'Preguntaré ahí, ellos si sabran dónde es...'
Santas sorpresas, Batman... Era ahí... 8:01 p.m., y bueno, casi me infarto al ver a las últimas cuatro personas de la fila... Y muy discretamente, en serio, discrétísimamente me formé, casi gritando, que yo era de fotografía...
A todo esto, secándome el sudor de tanto correr... pregunté donde me registraba, puesto que eran varias secretarias. Una me hizo pasar a una especie de oficina pequeña, donde me hicieron un cuestionario y esas cosas... saliendo noté que era el último, ahora si. Y bueno... Al momento de entregar mi sobre con las cinco fotografías, la secretaria anotó mi seudónimo... Fué algo así...

"Cuál es tu seudónimo?
-Viejo Barco azul.
Oh, mira, como el color de mi plumón! seguramente ganarás, te dará suerte, bien dicen que los últimos serán los primeros...
-Hehe, gracias, señorita."

Fué mi primer concurso, fuí el último en registro, 538 fotógrafos más en la competencia... y sin ningún curso en el tema...
Me envian los resultados seis meses despues y resulta que gané...
Una vez me dijeron: Tienes buenos dedos, para la fotografía...
No entiendo que queria decir con los dedos... pero me quedo con que tengo buen ojo... hehe.

Éste tal vez si sea el paso decisivo para dedicarme de lleno a élla.
Desde pequeño recuerdo me apasionó, por un comentario que escuché me parece en la tele:
" las fotografías no reflejan la realidad, las distorciona..., no deberían existir..."

Me complasco en decirles que estoy dedicado y empeñado en darles a ustedes la mayor realidad capturada en todas mis fotos...

En fin... Me alegra bastante el saber que gané, y se preguntarán, y el premio? Es dinero, pero lo importante es ese mérito al haber llegado hasta el final.

Entonces... éste jueves será la ceremonia de premiaciones, detrás del CCH Sur...

Ya fué mucha plática. Aquí hay tres fotografías del concurso, de cabecera, de perfil, y ésta.
Gracias, pues, a los que alguna vez hayan visto mis fotos...
 Nos vemos el JUEVES!
 =D

8 de abril de 2010

Cristales




Limpiamente,
el tajo del perfume
corta la tarde en dos: olor de toronjil
en el cuello blanco de la muchacha
y humo del cigarrillo de él,
los dos desnudos,
sábanas frescas, vasos de agua
—y el paso del tiempo entre los cuerpos.
No hay nada más. No hablan.
Tonos de azul oscuro bordean
el aciago cristal de la tarde. Otro cristal
los rodea: este silencio.


(la ilustración queda pendiente) 


6 de abril de 2010

Amanda

Eran las seis. Aún era preciso esperar a que el sol se hundiera para ocultar esa especie de pudor que parece acentuarse cuando hay luz. La advertencia fue clara –así que en esto no cabía el asombro– porque ya para entonces Amanda no ignoraba que muy pronto de nada servirían los melindres; simplemente, habría que tomar a los clientes por sorpresa, a pesar de saber que esos rostros, inocentes tras el perfil de los edificios ensombrecidos, eran inconmovibles.
Nunca le dijeron lo del cuerpo pegajoso por el doble empeño del sudor y los nervios, metido a presión en la coraza de una ropa demasiado estrecha donde, qué raro, se sentía más cómoda. Sólo habían sido explícitas con lo de las maneras: “Te paras así, luego extiendes la más generosa de las sonrisas, y empiezas con la retahíla de pro
mesas.” Pero como si no se lo hubieran dicho: Amanda empezaba a desesperarse.
Más que por un pudor auténtico, conservaba celosamente cierto uso de las formas, ciertos rasgos impregnados de una vergüenza escrupulosa y calculada porque los sospechaba emparentados con el beneplácito o el rechazo que esos rostros oscuros le otorgaran. Varias veces se había mirado en el espejo antes de salir. Había considerado sus dotes potenciales, como si verdaderamente su enorme pecho de cantante de ópera fuera a imponerse sobre la boca, incluidas las palabras, y realzándolo, le adjudicaba de antemano todo el triunfo de la empresa. Pero en el verbo estaba el secreto –o al menos eso había entendido en el adiestramiento–; así que repetía una y otra vez el pequeño texto, “le brinda, le da, le otorga”, el pequeño texto con que la empresa la iniciaba.
Por fin, entre los árboles enclenques del camellón, la luz de los postes que empezaba a insinuarse, hizo presa del primer incauto. Al verlo, Amanda pensó que tenía ganas de irse a remojar los pies en agua caliente y vinagre, por eso se volcó sonriendo sin perder un solo instante: “A ver, joven, para ese mal aliento, es una oferta, una promoción, la fábrica de pastillas tal, le viene
ofreciendo tal –y enseguida, susurrando casi–, para que ya me vaya a mi casa, ándele.”
Recuperado de la confusión, el hombre la había tomado de la barbilla y oprimía con un par de dedos fríos: no iba a comprar nada, Amanda lo sabía, pero lo miraba para asegurarse la dosis de autocompasión a que estaba acostumbrada. “Ahorita no, pero de aquello, ya sabe que estoy para servirla, reina”, y maldita sea, Amanda había esquivado el pellizco tarde porque ni la seña, ni el golpe bajo que pretendió dar, hallaron blanco sino en esa boca de lobo en la que se había convertido la calle para entonces.
Ahora los automóviles pasaban con menos frecuencia; el par de ojos de los faros iluminaba la cinta gris de la calle y Amanda se entretenía en mirar el humo que parecía salir de ellos, en engañosa actitud de espera. En realidad, hacía un recuento silencioso de lo que había vendido. Visiblemente desalentada, se sacó las zapatillas blancas que le había regalado la compañía, y que hacían un daño enorme a sus empeines de cojín, luego se aplicó a dejar pasar el tiempo.
Cuando había ido por el trabajo no le especificaron bien lo del anuncio en el periódico: “Pues edecán, ¿qué no sabe lo que es ser edecán?” y ella, por miedo de que la fueran a rechazar, se había conformado con esa explicación. Había puesto en la solicitud una sarta de mentiras que no hubieran hecho falta: hasta después vino a enterarse de que el único requisito indispensable era el par de medias blancas que las solicitantes debían traer de sus casas el primer día y con las cuales el empleo era cosa hecha.
Debía ser una empresa importante esa fábrica de pastillas, porque en menos de una semana habían acudido más de treinta muchachas que, como ella, querían el trabajo de edecán. Más de la mitad se habían arrepentido, desapareciendo con el par de zapatillas y las primeras cajitas que debían vender. Otras, en cambio, anchas como gallinas culecas, decían haber sido recontratadas para esta nueva promoción.
La empresa trabajaba mañana y tarde, pero Amanda empezaba su recorrido a las cuatro porque quería terminar la preparatoria. Un amigo de su hermano le había hablado maravillas del trabajo de aeromoza durante una fiesta y desde entonces, influida por el feliz recuerdo de aquella noche en que su chaperón había estado lo suficientemente borracho como para no amenazarla con denuncias mezquinas a la familia, soñaba con surcar los aires enfundada en ese uniforme tan lindo. Cuando tuvo a bien externar sus ideales a la familia reunida en la mesa del comedor, Elpidio, que para eso era el primogénito y no en balde había llegado a quinto semestre de Derecho, hizo alarde de su lengua, queriendo amargarle la ilusión. Después vino la unánime aprobación del padre y los demás hermanos que, masticando bien despacio y sin alterar ni un gesto, censuraban a la niña. No hubo necesidad de despegar los ojos del mantel, Amanda mostró por única vez su desacuerdo, bajito, pero con asombrosa convicción: “Pues sí, voy a ser gata, pero gata de angora.” Esa misma tarde había ido al sindicato a ver qué papeles se necesitaban para obtener una plaza. Su padre, ocupado de la prefectura del hogar a raíz de una jubilación que obligaba a las mujeres a cortar las conversaciones telefónicas de más de tres minutos y a vivir en un continuo estado de alerta, la sorprendió antes de que pudiera salir por la otra puerta; no importaba. La tomó del brazo desnudo como quien se apodera del mejor bistec en el mercado y entonces ella tuvo que aspirar la última bocanada del cigarro patriarcal y eso de que parecía corista de quinta; todavía aguantó la respiración cuando él le trazó la pe en la frente y entonces exhaló por fin: no importaba nada.
Se dirigió al sindicato y lo demás fue lo de menos, porque allí su buena estrella la hizo caer justo en manos de quien debía. Había sido lo que se dice un golpe de suerte: Amanda esperaba interminablemente su turno cuando un tipo más bien bajito entró a la sala con las manos en el cinturón, en un esfuerzo por mantener la pretina de los pantalones sobre el ombligo. Con un palillo de dientes sacado quién sabe de dónde, le hizo a Amanda una seña de que pasara a su despacho. Después, se metió el palillo entre dos muelas haciendo ruiditos intermitentes con la saliva y escupió un fragmento de comida. Era el líder sindical. Tras escucharla dijo que sí, que cómo no, que todo era cosa de que ella cooperara un poquito y, aunque eso sí, había muchas pero muchas chicas, no se imaginaba cuántas, que se morían por entrar, él podría darle una manita. Eso sí: la mayoría de las aspirantes se quedaba en el camino, cualquier pretexto les impedía seguir los trámites, c-u-a-l-q-u-i-e-r-a: un centímetro menos de estatura, una pequeña alteración en un examen de salud, cualquier cosita, je, pero ella iba a entrar, como que se veía que era una muchacha con disposición, o sea, dispuesta, pues, tú me entiendes. Amanda contestó solícita que claro, sí tenía la mejor de las disposiciones, aunque fuera un trabajo duro ella podría con el horario, con las horas de vuelo. Y además era muy responsable. Nada más con que le dijera qué papeles tenía que llevar... Cómo no, chula, él le tomó la mano entre las suyas, cómo no, y le daba golpecitos, yo después te digo. Y luego, estacionando los ojos en el par de montes temblones que casi casi se le volvían anginas: tú nomás vienes conmigo muñeca.
Amanda suspiró. Se puso a pensar en que las horas gastadas en vender pastillas valían la pena, en que los zapatos apretaban menos y en que el cansancio y todo lo demás eran minucias pasajeras; sólo un medio para alcanzar su ideal de mujer rica, ahora tan próximo.

Rosa Beltrán
(Ciudad de México, 1960)
Novelista, cuentista y ensayista.
Ha ejercido el periodismo y fue subdirectora del suplemento literario La Jornada Semanal. Titular de la Dirección de Literatura de la UNAM a partir de 2008.
En 1994 recibió un reconocimiento de la American Association of University Women. En 1997 obtuvo el Florence Fishbaum Award por el libro de ensayos América sin americanismos/Revaluating the Idea of the Americas: Utopic, Dystopic and Apocalyptic Paradigma. Premio Planeta-Joaquín Mortiz de Novela 1995 por La corte de los ilusos. Premio Jóvenes Académicos de la UNAM 1997 en el área de creación.
Es autora de la antología Los mejores cuentos mexicanos (en colaboración de Alberto Arriaga); de los ensayos América sin americanismos y El lugar del estilo en la época; de los libros de cuento: La espera, Amores que matan y Optimistas. También ha escrito las novelas: La corte de los ilusos, El paraíso que fuimos y Alta infidelidad.

4 de abril de 2010

Rosita

Se hallaban sumergidas entre flores; el coche, lleno de ramos, parecía una canastilla gigantesca. Violetas de Parma, rosas alhelíes, lirios, margaritas y azahares, parecían oprimir los dos cuerpos de mujer delicados, que apenas asomaban entre aquel hacinamiento de tan distintos colores y tan diferentes perfumes.
El látigo del cochero estaba revestido de anemones; los arneses de los caballos y las ruedas iban adornados también; en lugar de faroles, llevaban dos magníficos ramos, como si fueran los ojos de aquel jardín ambulante.
Llegaron al bulevar de la Fonciere, donde comenzó la batalla. Una doble fila de coches, a lo largo del inmenso paseo, se extendía como una cinta de colores. Los ramos cruzaban el aire como balas y caían muchas veces al suelo, donde una turba de muchachos los recogía.
Los que ocupaban los coches se llamaban, se reconocían, se ametrallaban con rosas. Un carro lleno de mujeres vestidas de rojo, como diablos, atraía las miradas Un caballero, semejante a los retratos de Enrique IV, arrojaba con alegre ardor un ramillete sujeto a una cinta elástica. Temiendo el golpe, las mujeres se tapaban los ojos y los hombres bajaban la cabeza; pero el proyectil, suave, rápido y obediente, interrumpía su trayectoria para volver a la mano de su tirador, que lo arrojaba luego sobre otra cara nueva.
Las dos bonitas mujeres vaciaban a manos llenas su arsenal y recibían una lluvia de ramos. Después de una hora de combate Cansadas al fin, mandaron al cochero que se dirigiese hacia la calle de *, que tiene vistas al mar.
El sol se ocultaba detrás del Estartel, dibujando en oscuro, sobre un fondo rojo, los picos de la montaña, El mar, tranquilo, azul y claro, se unía en el horizonte con la bóveda celeste, y grandes buques, anclados en el golfo, parecían un rebato de apocalípticas bestias, enormes y tranquilos, acorazados y ventrudos, luciendo sus palos delgados como un ligero adorno y alumbrando el espacio por la noche con sus ojos de luz blanca.
Las dos bonitas mujeres, recostadas en los almohadones de su landó, miraban lánguidamente.
Una dijo, al fin:
—Hay deliciosas tardes en que todo agrada. ¿No es verdad?
La otra respondió:
—Sí; todo agrada• Pero se necesita otra cosa, además.
—¿Qué? Me considero completamente feliz: nada necesito.
—Acaso tú no lo sientas como yo; pero la mujer, aun cuando un dulce bienestar invada su cuerpo, necesita siempre algo para el corazón.
Y la otra decía, sonriendo:
—¿Un poco de amor?
—Sí.
Callaron. Después, una de las dos, mirando hacia delante, exclamó:
—La vida no me parecería soportable sin amor. Necesito que me quieran. Somos todas lo mismo, aunque no todas lo confiesen.
—No soy yo de tu opinión. Que me quiera quien yo quiero, sí. De los demás, nada me importa. Piensas que podría serme grata la ternura de.., de... .—y buscando un término a su frase, recorría el panorama con los ojos, que, se fijaron en los dos relucientes botones de la levita del cochero, y, soltando la risa, prosiguió—:...la ternura de mi cochero?
La otra, con una leve sonrisa, dijo en voz baja:
—Te aseguro que resulta muy divertido ser adorada por un criado. Lo sé por experiencia. Los pobres abren unos ojos tan ardientes, que hay para morirse de risa. Pero es preciso mostrarse tanto .más severa cuanto más enamorados están; luego se los despide un día con cualquier pretexto, evitando el ridículo de que lo note alguien que pueda importarnos.
Su amiga la escuchaba, y después de reflexionar un poco añadió:
—Te aseguro que no advertiría siquiera el apasionamiento de mi lacayo. Cuéntame cómo reparas en que te quieren.
—Pues la cosa es de lo más elemental: se les conoce, como a nuestros amigos, en que se vuelven estúpidos.
—Un hombre de mi clase no me parece muy estúpido cuando me desea.
—Se ponen idiotas, amiga mía, incapaces de sostener una conversación, de contestar oportunamente, de discurrir...
—Pero ¿qué gusto podía darte la pasión de un criado? ¿Te halagaba? ¿Te conmovía?
—¿Conmoverme? No. ¿Halagarme? Si; un poco. Siempre halaga el amor de un hombre; de cualquier hombre.
—No lo entiendo.
—Sí. Voy a contarte una increíble aventura que me ocurrió. Verás cómo es curioso e inexplicable lo que sentimos en esas ocasiones.
Hace cuatro años, en otoño, habiéndome quedado sin doncella, probé seis o siete seguidas, con tanta desgracia que ninguna me sirvió.
Leí entonces en los anuncios de un diario que deseaba colocación una joven que sabía coser, bordar, peinar y con buenos antecedentes. Además también sabia el inglés. Dirigí una tarjeta al sitio indicado en el anuncio, y al día siguiente la joven se presentó. Era bastante alta, delgada, pálida y con expresión tímida. Tenía grandes ojos negros y buen cutis; me satisfizo su presencia.
Le pregunté acerca de sus informes, y me presentó un certificado en inglés, porque había servido solamente a lady Rymbell durante diez años.
El papel decía que la joven salió de Londres por su voluntad para volver a Francia; que no había hecho nada punible durante su largo servicio y que sólo podía tachársela de un poco de coquetería francesa.
La pudibundez de la frase inglesa me hizo sonreír, y, desde luego, decidí que la joven quedase a mi servicio como doncella.
Se llamaba Rose. En un mes fue para mi necesaria, insustituible. Rose era un feliz hallazgo, una joya, un fenómeno.
Sabía peinar con un gusto exquisito; adornaba un sombrero mejor que una modista y hasta cortaba con acierto un vestido.
Me asombraban sus facultades. Nunca me vi tan bien servida.
Me vestía rápidamente, con una ligereza inexplicable. Nunca rozaba con sus dedos mi piel; no hay cosa que me disguste más que las manos de una criada. Adquirí costumbres perezosas en exceso, porque me agradaba que me vistiera y me desnudase de pies a cabeza, desde la camisa hasta los guantes, con tanto primor, aquella doncella que no hablaba jamás y que siempre se acaloraba un poco en esos quehaceres. Al salir yo del baño, me frotaba y me secaba, mientras yo, con los ojos cerrados, me adormecía en el diván. Llegó a parecerme, por su delicadeza, una señorita sin recursos.
Pero una mañana el portero dijo que tenía que hablarme. Mi portero es un hombre de toda confianza, soldado viejo y antiguo servidor de mi marido.
Se atragantaba, como si fuese poco agradable lo que tenía que decirme. Al fin, rompió:
—Señora, en el portal aguarda el comisario de Policía.
Pregunté bruscamente:
—¿Qué tenemos que ver con la Policía?
—Quiere hacer un registro en el hotel.
Indudablemente la Policía es útil, pero yo la detesto. Me parece una profesión poco noble. Molesta por aquel recado intempestivo, dije:
—Un registro, ¿a santo de qué? No entrará.
El portero añadió:
—Asegura que se oculta un criminal en esta casa.
Esto me atemorizó, y di orden para que dejasen pasar al comisario. Era un hombre correcto. Me pidió mil perdones, me ofreció mil excusas y acabó asegurándome que había entre mi servidumbre un presidiario.
Aquello me indignó. Le dije que yo respondía de la honradez de mis criados, y los fui enumerando a todos:
—El portero, Pierre Courtin, viejo soldado.
—No es el que busco.
—El cochero, François Pingau, campesino, hijo de un arrendador de haciendas mías.
—Tampoco es él.
—Un mozo de cuadra, también labriego, hijo de labriegos, y un lacayo, que usted ha visto al entrar.
—No es-ninguno de los que la señora nombra.
—Ya ve usted cómo vino engañado.
—Perdón, señora; estoy seguro de no equivocarme• Como se trata de un criminal terrible, sería conveniente, para descubrirlo, que la señora me presentase a todos, absolutamente a todos los que viven en su casa.
Me parecía demasiada exigencia, pero accedí. Llamé a toda la servidumbre, mujeres y hombres.
—¿No hay más?
—Una joven que no le parecerá, sin duda, un presidiario.
—¿Puedo verla?
-Si.
Llamé a Rose, la cual se presentó al punto. Inmediatamente hizo el comisario una señal, y dos policías, que hasta entonces no vi, se precipitaron sobre mi doncella, oprimieron sus brazos y ataron sus manos con un cordel.
Exaltada por semejante atropello grité, quise defenderla.
El comisario me detuvo con estas palabras:
—Señora, su doncella es un hombre que se llama Jean Nicolás Lecapet, condenado a muerte hace tres años por asesinato y violación. Un indulto le alcanzó, reduciéndole a cadena perpetua. Se fugó del presidio hace cuatro meses.
Yo no lo creía. El comisario, sonriente, añadió:
—Voy a dar a la señora una prueba. Tiene un tatuaje de colores en el brazo izquierdo.
Le arremangaron y vi la señal. El comisario pronunció entonces una frase de mal gusto:
—Conténtese usted con esta comprobación y no exija otras más terminantes.
Y se la llevaron.
Mira: lo que me indignaba no era el engaño ni el peligro en que me vi; no era tampoco la vergüenza de que un hombre me hubiese vestido y desnudado, secándome y frotándome tantas veces; lo que me indignaba era una humillación de mujer... ¿Comprendes?
—No del todo.
—Reflexiona. Ese mozo habla sido condenado por violación... Yo pensaba... en la mujer a la ;cual violó... Aquello era humillante para mi, que le había tenido tan cerca siempre, que me había visto desnuda tantas veces, que me había envuelto en la sábana sin... ¿comprendes ahora?
La otra no respondía. Miraba con una fijeza singular los dos brillantes botones de la levita del cochero, y en sus labios se dibujaba una sonrisa de esfinge, propia de una mujer.

9 de marzo de 2010

Por un instante

La lluvia se desgajó como un fruto blanco
sobre la superficie azul del mundo:
aquí, allá, se desdoblaron
cajas y presencias,
la cauda de los accidentes,
el infinitesimal estallido inicial del dolor.

El agua indivisa y recta
mojó ángulosy artefactos;
luego cesó, igual que había comenzado.

El mundo azuleó más aún, titubeante.
Se encendió  y quedó vinculado
a los esplendores atmosféricos.
Por un instante el mundo se unió
al cielo, después de la lluvia.


21 de febrero de 2010

El Otro Yo

Se trataba de un muchacho corriente: en los pantalones se le formaban rodilleras, leía historietas, hacía ruido cuando comía, se metía los dedos a la naríz, roncaba en la siesta, se llamaba Armando. Corriente en todo, menos en una cosa: tenía Otro Yo.

El Otro Yo usaba cierta poesía en la mirada, se enamoraba de las actrices, mentía cautelosamente , se emocionaba en los atardeceres. Al muchacho le preocupaba mucho su Otro Yo y le hacía sentirse imcómodo frente a sus amigos. Por otra parte, el Otro Yo era melancólico, y debido a ello, Armando no podía ser tan vulgar como era su deseo.

Una tarde Armando llegó cansado del trabajo, se quitó los zapatos, movió lentamente los dedos de los pies y encendió la radio. En la radio estaba Mozart, pero el muchacho se durmió. Cuando despertó el Otro Yo lloraba con desconsuelo. En el primer momento, el muchacho no supo que hacer, pero después se rehizo e insultó concienzudamente al Otro Yo. Éste no dijo nada, pero a la mañana siguiente se habia suicidado.

Al principio la muerte del Otro Yo fue un rudo golpe para el pobre Armando, pero en seguida pensó que ahora sí podría ser íntegramente vulgar. Ese pensamiento lo reconfortó.

Sólo llevaba cinco días de luto, cuando salió a la calle con el propósito de lucir su nueva y completa vulgaridad. Desde lejos vio que se acercaban sus amigos. Eso le llenó de felicidad e inmediatamente estalló en risotadas.

Sin embargo, cuando pasaron junto a él, ellos no notaron su presencia. Para peor de males, el muchacho alcanzó a escuchar que comentaban: "Pobre Armando. Y pensar que parecía tan fuerte, tan saludable".

El muchacho no tuvo más remedio que dejar de reír y, al mismo tiempo, sintió a la altura del esternón un ahogo que se parecía bastante a la nostalgia. Pero no pudo sentir auténtica melancolía, porque toda la melancolía se la había llevado el Otro Yo.

















Mario Benedetti

17 de enero de 2010

29 de diciembre de 2009

Confidencias de un àrbol

Y la ùltima entrada del año...
A mis hermanos; espero y no me vean como un hombre malo, egoísta...
Sabran, al correr de los años, el sentimiento de gratificación, lo verdadero, y ya ustedes, más grandes, espero comprendan. Bueno, èsta entrada es para ustedes.

Y para agradecerles a las personas que, con sus comentarios, han apoyado a no dejar de lado el blog...
Es un regalo, en serio, tomenlo... tomen lo que más les pueda dejar este mensaje, la lectura, la imágen, la enseñansa que deje el texto.

Abrazos y agradecimientos, de nuevo, a la persona que ha estado a lado mio apoyandome, en todo sentido, y que hizo posible las imágenes aqui publicadas...
A mi familia (abuelos, tíos, etc...) por tener un plato en la mesa cuando lo necesitaba...
Al futbol que me ha dado la salú que tengo ahora... (creo que esta última no tiene sentido ._. )
A las personas que conocì, todas tienen algo de donde aprendì.
A losmaestros de Historia y Literatura, por ser tan... raros, no-comunes, diferentes?
La Cocacola por quitarme esos dolores de cabeza ;D
A mis amigos, pocos, pero esos pocos son geniales, esos geniales los que lean esto, y quieran considerarse mi amigo.
A la dueña del blog, La vida es un volado... Por hacerme ver la imagen de otro modo.
Y Dios... Si me sigo serìa mucho xD

Mil gracias a Ti, que estas leyendo esto. GRACIAS!


Cansado de que el viento me sacudiera con iracundia
de que se enseñoreara sobre mì
decidì una madrugada
soltar deliberadamente una de mis hojas.

Llevè todas mis energìas
mi coraje
mi savia
hacia el ramaje.

Y me deshice de una hoja verde y puntiaguda.
En realidad acabè por sacudìrmela
despuès de un gran esfuerzo.
Nadie fue testigo de la proeza.

El viento atravesa entre mis ramas ese mismo instante
y como desprendiò varias de mis hojas
nadie podrìa haber imaginado
en el caso de haberla visto
que una de ellas
entre las doce que perdì ese dìa
encarnaban
muy verde aùn
la forma primera de mi libre arbitrio.

Decidì descansar, reponer mi fuerza
tener frìas, muy frìas las sienes
meditar mi hazaña:
me sentì frente a los otros àrboles
como el àngel que se aletea orgullosamente
su indiferencia ante los hombres.
















Pero al paso del tiempo
sentì la necesidad de obsequiarle a la botànica
con una nueva toma de decisiòn
otra averìa.

Fue ya en la primavera.
Mis ramas se doblegaban de tan llenas de flores.
Mas advertì que entre una flor y otra en una de mis ramas
habìa una distancia grande
un sitio desaprovechado.

Y me puse a pujar y pujar
 hasta que de repente me brotò
una pequeña flor
màs pura
blanca
y tierna
que las otras.




Mi felicidad fue mayùscula
y se llenò de gozo el corazòn
si se puede hablar de corazòn
en un ser que nunca se ha exitado
ni con las caricias eròticas del viento.
No soy
me dije
un àrbol al que le acaecen flores
sino que decide flores.
Los pasos siguientes fueron màs sencillos.
Que se me ocurrìa por ejemplo.

Me concentraba.
Pensaba en las nubes
y conquistaba uno o dos centìmetros.

En la noche cuando no habìa ningùn curioso
creaba frutos
los destruìa
me los pasaba de una rama a otra.
Y hasta descubrì la manera
de hincarles el diente.

Llegò el momento
en que todo o casi todo
era producto de mi libertad
de mi opciòn
o de mi juego.

Soy un àrbol que a creado
su tronco
su ramaje
sus nidos
sus aves
sus gorjeos
y su sombra.

Pero nadie lo advierte
porque si decido crecer
se piensa
que la germinaciòn me obliga a ello.
Si opto por florecer
por repujar mis ramas de pequeñìsimos milagros
que la botànica es la responsable.
Aùn màs.

Creo que cuando tome mi principal decisiòn
no dejarà de haber un leñados en mi vera
que hacha en mano
haga pensar a todos
que fui vulgarmente derribado
y no que
hambriento de rumbos
concentrè mis fuerzas
apretè los mùsculos
y di
mi primer paso.



















26 de diciembre de 2009

Felíz Navidá

Lo que les puedo decir son mis más humildes gracias a todos los que pasaron por aqui.
A Nix por las facilidades con la cámara =D
Y a ustedes los que pasan y firman. Que se la pasen bien.














12 de diciembre de 2009

La partida - Franz Kafka

Ordené que trajeran mi caballo del establo.
El criado no me entendió,así que fui yo mismo.
Ensillé el caballo y lo monté. A la distancia oí el sonido de una trompeta y pregunté el mozo su significado.
El no sabía nada; no había oído sonido alguno.
En el portón me detuvo y preguntó:


–¿Hacia dónde cabalga, señor?


–No lo sé –respondí–, sólo quiero partir, sólo partir, nada más que partirde aquí. Sólo así lograré llegar a mi meta.


–¿Entonces conoce usted la meta? –preguntó él.


–Sí –contesté–. Ya te lo he dicho. Partir, ésa es mi meta.


–¿No lleva provisiones? –preguntó.


–No me son necesarias –respondí–, el viaje es tan largo que moriré de hambre si no consigo alimentos por el camino. No hay provisión que pueda salvarme. Por suerte es un viaje realmente interminable.




8 de noviembre de 2009

El Barco de los Adioses

Desde la eternidad navegantes invisibles vienen llevándome a través de atmósferas extrañas, surcando mares desconocidos. El espacio profundo ha cobijado mis viajes que nunca acaban. Mi quilla ha roto la masa movible de icebergs relumbrantes que intentaban cubrir las rutas con sus cuerpos polvorosos. Después navegué por mares de bruma que extendían sus nieblas entre otros astros más claros que la tierra. Después por mares blancos, por mares rojos que tiñeron mi casco con sus colores y sus brumas. A veces cruzamos la atmósfera pura, una atmósfera densa, luminosa que empapó mi velamen y lo hizo fulgente como el sol. Largo tiempo nos deteníamos en países domeñados por el agua o por el viento. Y un día—siempre inesperado—mis navegantes invisibles, levantaban mis anclas y el viento hinchaba mis velas fulgurantes. Y era otra vez el infinito sin caminos, las atmósferas astrales abiertas sobre llanuras inmensamente solitarias. Llegué a la tierra, me anclaron en un mar, el más verde, bajo un cielo azul que yo no conocía. Acostumbradas al beso verde de las olas mis anclas descansan sobre la arena de oro del fondo del mar, jugando con la flora torcida de su hondura, sosteniendo las blancas sirenas que en los días largos vienen a cabalgar en ellas. Mis altos y derechos mástiles son amigos del sol, de la luna y del aire aromoso que los prueba. Pájaros que nunca han visto se detienen en ellos después de un vuelo de flechas, rayan el cielo, alejándose para siempre. Yo he empezado a amar este cielo, este mar. He empezado a amar estos hombres... Pero un día, el más inesperado, llegarán mis navegantes invisibles. Llevarán mis anclas arborecidas en las algas del agua profunda, llenarán de viento mis velas fulgurantes... Y será otra vez el infinito sin caminos, los mares rojos y blancos que se extienden entre otros astros eternamente solitarios. -Para nacer he nacido, 1968, Pablo Neruda-

3 de noviembre de 2009

Calaverita

Èsta es una calaverita que Mi amigo Rafael me hizo, fue un detallazo. Èl es una gran persona. Ya han pasado tres años desde que la hizo, y aùn la conservo =D (la calaverita la titulò 'Calaverita' hehe) Espero y se pase por aquì. Bien, hay mucho por decir, pero ahora no hay espacio, solamente disfruten. Estaba Oscar, comiendose una rica rosca, cuando se atragantò, todo por estar de tragòn. Y hasta la tumba fue a dar, la que esta junto al palomar. Todos le lloran por su gran fama y gloria, ya que sin portero se han quedado, ya que ahora està boca abajo. Ahora pararà goles màgicos aunque sea de puro churrazo, los difuntos seran campeones gracias a sus atajadones. Pobre es el 3ºD ya que ahora fue goleado y no gozado, ya que sin portero se han quedado. ¡Vualve Oscar!, o si no, sufriremos otra derrota, ya que sin ti damos pena y no groria.